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Oscar Ramirez and Nidia Franco pose for a family portrait with their children Andrea, 11, Nicole, 7, Oscar Jr, 5, Dulce, 9 months, and OScar's father Tranquilino Casteneda. Only a short while ago, no one in this photograph could have imagined that a family portrait would look like this.  For the first time, Oscar Ramirez meets his father Tranquilino Castaneda, who travelled to New York from Guatemala on Monday. The two united years after a massacre in the village of Dos Erres killed Tranquilino's wife and eight of his nine children. Oscar, a three-year-old at the time, was taken from the village and raised by the family of an officer in the Guatemalan Army. Tranquilino believed that all nine of his children were killed until recently.  Photo by Torsten Kjellstrand/2012
Oscar Ramirez and Nidia Franco pose for a family portrait with their children Andrea, 11, Nicole, 7, Oscar Jr, 5, Dulce, 9 months, and OScar’s father Tranquilino Casteneda. Only a short while ago, no one in this photograph could have imagined that a family portrait would look like this.
For the first time, Oscar Ramirez meets his father Tranquilino Castaneda, who travelled to New York from Guatemala on Monday. The two united years after a massacre in the village of Dos Erres killed Tranquilino’s wife and eight of his nine children. Oscar, a three-year-old at the time, was taken from the village and raised by the family of an officer in the Guatemalan Army. Tranquilino believed that all nine of his children were killed until recently.
Photo by Torsten Kjellstrand/2012.

Por: Sebastian Rotella de ProPública, y Ana Arana de Fundación MEPI.

Memoria de los olvidados

A raíz de la noticia sobre el arresto en Estados Unidos del ex kaibil José Mardoqueo Ortiz Morales, el día 6 de enero 2017, cusado de participar en la masacre en la alea Las Dos Erres, Prensa Comunitaria publica el siguiente reportaje cuya importancia consiste en abordar un hito dentro de la justicia transicional, sobre la verdad y la justicia hacia las víctimas civiles durante el Conflicto Armado Interno.

Luego de 20 años de la firma de los Acuerdos de Paz, su cumplimiento ha enfrentado un sinnúmero de tropiezos, pero quizás el gran olvidado ha sido el enjuiciamiento y sanción de los responsables de violaciones a los derechos humanos.

Pese a las acciones de amedrentamiento y la sistemática postergación de los juicios, con la finalidad de entorpecer los procesos judiciales y dejar impunes los abusos y crímenes de lesa humanidad, la justicia transicional ha salido adelante con pequeños pasos y en solitario.

Este reportaje, que será publicado en 4 partes, es una detallada reconstrucción de la brutalidad con que el Ejército atormentaba a poblaciones indefensas del interior del país, con la sospecha infundada de albergar grupos guerrilleros. En la estrategia militar, esos procedimientos se les denominaban “quitar agua al pez”, cuya finalidad era restarle apoyo social y logístico a los movimientos guerrilleros. Pero en realidad sus resultados fueron la diseminación a lo largo y ancho del país, del terror, de un paisaje sepulcral donde a cada cierto tiempo se descubren fosas clandestinas como fieles testigos de las atrocidades cometidas, y el arrasamiento de aldeas de las que sólo queda el recuerdo de su existencia.

Esperamos que con esta contribución, que sólo consiste en la traducción libre de un testimonio poco conocido en el país, ayudemos a reconstruir una sociedad reciamente lastimada por la violencia y la desigualdad.

Fotografía www.propublica.org
Fotografía www.propublica.org

Capítulo 4: Extrañas noticias de casa

En el verano de 2000, Oscar vivía cerca de Boston cuando recibió una carta desconcertante.

Un primo de Zacapa le envió una copia de un artículo publicado en un periódico de la Ciudad de Guatemala, donde se describía la búsqueda de Romero de dos jóvenes que habían sobrevivido a la masacre y habían sido criados por familias de militares.

“MP busca a raptados en Las Dos Erres”, enunciaba el titular. “Sobrevivieron a matanza”.

La historia continuaba explicando que los fiscales habían identificado a ambos jóvenes. Los fiscales creían que uno de ellos, Oscar Ramírez Castañeda, vivía en algún lugar de los Estados Unidos. Los fiscales estimaban que, era muy posible que Oscar hubiera sido demasiado joven para recordar algo sobre la masacre o su rapto por parte del teniente.

El periódico publicó una foto de familia mostrando a Oscar como un niño de 8 años. El artículo proporcionó más información sobre Ramiro que sobre Oscar porque los fiscales habían logrado encontrar e interrogar al niño mayor antes de ayudarlo a obtener el asilo en Canadá.

Había una foto reciente de Ramiro como cadete militar, con un rifle y llevando el uniforme del ejército que había asesinado a su familia. La historia mencionaba la sospecha de los investigadores de que los dos chicos, que tenían la piel clara y los ojos verdes, eran hermanos.

“La orden era acabar con todos los habitantes de Las Dos Erres”, decía el artículo. “Nadie puede explicar por qué el teniente Ramírez Ramos y el sargento López Alonso, tomaron la decisión de llevarse a los muchachos”.

Oscar estaba desconcertado. Llamó a una tía en Zacapa.

-¿De qué se trata todo esto? -preguntó. “¿Por qué está mi foto en el periódico?”

La tía había visto el artículo. Ella le dijo que no sabía qué hacer con las acusaciones, excepto que eran falsas. Ella le insistió que el teniente era el padre de Oscar. La historia le pareció un intento de los izquierdistas de difamar el nombre de un honorable soldado.

En la persistente lucha ideológica de Guatemala, eso era convincente. Muchas familias afiliadas a los partidos políticos de derecha y del ejército consideraban que la izquierda había distorsionado lo sucedido en la guerra civil. Se quejaron de que los censores guatemaltecos y extranjeros exageraban los abusos de las fuerzas armadas mientras minimizaban la violencia de los guerrilleros.

La tía de Oscar lo convenció de que las acusaciones eran demasiado extrañas para ser creíbles.

 “Si realmente tengo un hermano como ellos alegan, permitan que él me encuentre”, le dijo. Yo sabré si es mi hermano o no.

Los recuerdos de Oscar de su primera infancia eran nebulosos. Nunca había sabido nada de su madre. No tenía recuerdos reales del teniente. El niño creció en una casa de dos habitaciones en una idílica finca en la región caliente y seca de Zacapa, donde su familia criaba vacas y cultivaba tabaco. La matriarca de la familia fue la abuela de Oscar, Rosalina. Ella se había encargado de su educación después de la muerte del teniente Ramírez. Oscar la consideraba su madre.

Rosalina era afectuosa y estricta. Oscar siempre tenía tareas. Él ordeñaba a las vacas a las 5 de la mañana, trabajó en los campos después de la escuela, intentó hacer puros – aunque nunca consiguió acostumbrarse. Le encantaba la vida en la granja, montando caballos, vagando por el campo. Sus tías se aseguraban de que estuviera limpio y ordenado para ir la escuela.

Los Ramírez eran emprendedores. Uno de los tíos de Oscar era un destacado médico local. Dos tías eran enfermeras. La familia y sus vecinos y amigos idolatraban al padre de Oscar, el teniente, por sus hazañas en el campo de batalla y su generosidad. Había ayudado a pagar la educación de sus hermanos. Había traído a compañeros combatientes de sus días de mercenario en Nicaragua para establecerse en Zacapa. La comunidad incluso le había puesto en honor a Ramírez, su nombre a un campo de fútbol en una escuela militar.

Curiosamente, Oscar, no obstante, no había mostrado interés en seguir los pasos del teniente. Sus tías le instaron a ir a la escuela militar, pero él era un tanto independiente. No le gustaba recibir órdenes.

Oscar consiguió su título de perito contador. Era difícil encontrar trabajo. Después de que su abuela murió, él rivalizó con sus parientes sobre una herencia. Decidió buscar su fortuna en los Estados Unidos. Así, a fines de 1998, Oscar se marchó hacia el norte como tantos otros guatemaltecos. Voló a México y cruzó ilegalmente la frontera en Texas.

Después de una breve estancia en Arlington, Virginia, Oscar se estableció en Framingham, Massachusetts. Un suburbio al oeste de Boston que tenía una creciente comunidad de centroamericanos y brasileños. Encontró un trabajo en la sección de productos de un supermercado. El salario y los beneficios eran sólidos, y nadie le molestó acerca de su estatus migratorio.

La nueva vida de Oscar pronto lo consumió. Se reunió con Nidia, su novia adolescente, que había llegado de Guatemala. En 2005, se trasladaron a una pequeña casa dúplex en un complejo residencial deteriorado.

Nidia dio a luz a dos muchachas y un muchacho, niños inteligentes y activos que encajaron fácilmente entre el inglés y el español. La familia mantuvo a Oscar ocupado: la iglesia, las clases de natación y comidas a la parrilla al aire libre. Él ascendió a asistente administrativo en el supermercado pero perdió el trabajo en una redada de inmigración en 2009. Encontró nuevos trabajos como supervisor: en las mañanas en una compañía de limpieza, y en la tardes en un restaurante de comida rápida.

Oscar era cortés, sereno y hablaba bien el inglés. Algunos clientes habituales de un puesto de burritos mexicanos que él administró, incluso lo confundieron como el propietario.

A pesar de la precariedad de la vida como inmigrante ilegal, Oscar era saludable y llevaba comida a la mesa de su hogar. Se consideraba un hombre feliz.

El artículo de periódico le había suscitado dudas. Pero venía de una parte del mundo en la que abundaban los misterios, donde los alegatos y las desconfianzas superaban a los hechos.

A medida que pasaban los años, pensaba cada vez menos en el episodio.

Enlace aquí con la segunda parte: Buscando a Óscar: masacre, memoria y justicia en Guatemala -III

Autoría y edición

Director de Investigación en | Web

Historiador y foto periodista, fundador de Prensa Comunitaria y miembro del equipo de investigación Green Blood y Colibrí Zurdo. Columnista en desInformémonos México #Periodismo #PrensaComunitaria #Investigación

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