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Por: Patricia Cortez Bendfeldt.

Cada vez que leo a gente indignada por que hay mujeres que abortan siento su desconocimiento del tema.

Veamos, las mujeres no deciden un día “voy a abortar” de la misma forma que se cortan el pelo, tampoco corren desnudas por las calles con antorchas y tridentes gritando “aborta, aborta” y lo que es peor: ninguna de nosotras le dirá a una amiga jamás “deberías abortarlo”.

De hecho, la situación en la que ocurre la necesidad de un aborto es siempre límite, siempre está llena de miedos. Vamos, ¡que ni al dentista va uno sin miedo al dolor!

Al aborto llegan mujeres asustadas, angustiadas, intentando lidiar con culpas, temores, miedos, fracasos, dudas, dolores…

Y quienes las juzgan tienen metidas en la cabeza imágenes de niños decapitados que no existen.

Confieso que estuve de ese lado, que también vi ese video, pero lo que es peor: me di cuenta que la naturaleza no siempre es sabia y tuve que atender abortos espontáneos, embarazos ectópicos a punto de matar a la madre que se movían y no había manera de salvarlos, anomalías incompatibles con la vida: anencefalias, hidrocefalias de más de 5 litros de agua, molas (una formación que parece una mora y que puede degenerar en cáncer) mujeres con útero infantil (incompatible con el crecimiento del feto)… Y podría seguir.

Aprendí que, aunque un abogado o un religioso no lo entiendan así, la naturaleza no siempre permite que evolucione un embarazo, o menos que llegue a término y que la “voluntad” de la madre no es suficiente para mantenerlo dentro del útero, pero tampoco un feto no a término puede hacer nada si muere la madre.

Pero también enfrenté la enorme violencia que se ejerce contra el cuerpo de las mujeres. Ellas pasan a ser no ya una persona sino una incubadora y las decisiones no se toman al respecto de que es lo mejor para ella sino que es lo mejor para el feto.

¿Por qué sí creo en despenalizar el aborto? Porque llevo más de 20 años en el tema, porque cada vez que hablo de reproducción humana a estudiantes de cualquier tipo SIEMPRE, alguien se me acerca para preguntar sobre anticoncepción, uso de condones, síntomas de embarazo, y…aborto.

Y porque veo mujeres, como mi amiga que luego de los 40, aún sin menopausia y siendo divorciada un médico le NEGÓ la anticoncepción diciéndole que “conocía a su ex esposo y que para qué iba andar de perdida cogiendo”; como la que violaron inconsciente y sufrió varios días pensando que podía estar embarazada y por problemas físicos no puede usar la píldora del día después. Porque conozco personas que creen que la anticoncepción de emergencia es abortiva, porque veo niñas que lo único que quieren en la vida es “casarse bien”, porque veo varones y sus padres alentándolos a que “se cojan a esa, que se deja”, porque oigo hombres que se niegan a usar un condón, porque de todas las mujeres que tengo cerca en mi vida, MUY POCAS tienen suficiente información sobre su capacidad reproductiva, porque veo la cara de la cajera del banco cuando mira el monto de la pensión alimenticia de mi hijo y la de ella es casi nada.

Y, porque me ha tocado ver cómo en este país mueren mujeres por abortos clandestinos, por embarazos no deseados ni recomendados, por falta de atención médica de emergencia y sangre de donadores, y allí no veo cientos de personas oponiéndose ni gritando.

Y porque me tocó entender que, si una mujer está empoderada, sabe lo que quiere y está informada será mucho menos probable que tenga algún día necesidad de abortar, pero eso se inicia en la infancia y tampoco nos han dejado dar educación integral en sexualidad.

Autoría y edición

Fundador de Prensa Comunitaria. Es profesor investigador en CIESAS Occidente desde el 2008 y profesor investigador emérito en FLACSO Guatemala.

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