Fidel y el viaje que nadie esperaba

COMPARTE

Tiempo de lectura: 4 minutos
Fotografía: Daniela Muñoz Barroso
Fotografía: Daniela Muñoz Barroso

Texto: Jorge Ricardo Ramírez Fuentes

Fotografías: Daniela Muñoz Barroso

El viernes comenzó un viaje que no esperaba, que no esperaba nadie. Era parte de la vida, pero a todos nos tomó por sorpresa. La noticia llegó cuando estaba en una fiesta. La incredulidad se adueñó del ambiente en el primer momento, pero cuando se confirmó, rápidamente se formaron dos grupos: la gente que se entristeció o sintió el pesar de la noticia y la gente que se alegró o simplemente no le importó. Yo me sentí mal y preferí irme. No entendí la alegría de algunas personas y me dio rabia no poderles decir que estaban equivocados, que estábamos perdiendo un padre, un genio, un gran ser humano y eso nunca es motivo de celebración. No creí lo que estaba pasando, todavía no me sentía triste, pero algo apretaba mi pecho. Ahora, por supuesto, intento escribir como me sentí, pero en ese momento no salió una sola palabra de mi boca. Sabía que me dolía la pérdida, pero había algo más que no entendí hasta un rato después. En mí llevaba también la tristeza de otras personas vivas y muertas: Alejandro Ramírez Anderson, Carolina Fuentes Kemp, Alejandra Anderson de la Peña, Rolando Morán…

Era más de la media noche y no tenía mucha gente en Cuba a la que avisar de la tragedia. Llamé a mis padres al extranjero, contestó mi mama, se puso mal y no pudimos hablar mucho. Fue parte de mi desahogo. Entre las llamadas que hice, me entere que un amigo que no conozco al recibir la noticia se quedó callado 5 segundos y dijo, “no murió Fidel, ha muerto una Era”.

Busqué un lugar donde hubiera un televisor, en busca de más información por parte de los canales nacionales. La programación seguía igual y yo me desesperaba. Por fin, una hora y media después, Telesur comenzó a poner documentales… y 15 minutos más tarde, Cubavisión también cambió su programación para informar al pueblo.
Esa noche casi no dormí. Estuve viendo la televisión hasta las 3 de la mañana y me desperté a las 7 para enterarme de qué iba a pasar.

Yo estaba pendiente de las informaciones que llegaban desde todas partes del mundo. Estaba conectado y con el televisor prendido. Las informaciones oficiales decían que no iba a haber ningún tipo de actividad, acto, marcha u homenaje hasta el lunes… y yo no lo podía soportar, necesitaba gritar, saltar, llorar, sacarme el dolor de alguna manera, que el mundo se enterara de que en Cuba además de los medios de comunicación, despiertos desde temprano, estaba pasando algo, que el pueblo se resentía por la pérdida del Comandante en Jefe de la Revolución. A las 7:30 comencé a investigar por actividades más espontáneas. Nadie tenía ideas, nadie actuaba, todos estábamos a la expectativa para salir a la calle. Alisté mi cámara y me vestí. No resistía quedarme en casa. No quería saber lo mismo que sabía cualquier otro que estuviera atento a los medios. Si sucedía algo quería estar ahí y no enterarme por el televisor. Quería ser parte de los que transmitía, quería ser parte de los transmitidos.

Escuché un bullicio en la calle y ahí estaba lo que buscaba. Un bloque de estudiantes con carteles y banderas marchaban por la Avenida de los Presidentes (calle G) y coreaban consignas revolucionarias. Se me hinchó el corazón, sentí la emoción y se me aguaron los ojos. La marcha terminó en la Universidad de la Habana.

Fotografía: Daniela Muñoz Barroso
Fotografía: Daniela Muñoz Barroso

Nunca había visto que la universidad recibiera una manifestación de ese tipo sin ser convocada con antelación por ellos mismos… pero era por Fidel y no podían detener a los estudiantes. Lo que me chocó es que la seguridad de la Universidad solo dejaba entrar a estudiantes y profesores del centro, y las otras personas (cubanos o extranjeros) que querían manifestarse por el dolor de la pérdida de Fidel, ¿no tenían derecho? ¿No podían hacerlo en la Escalinata donde Fidel se hizo revolucionario? Nunca lo entendí y la justificación del guardia era que en un día como ese hay que cuidarse de todos. Después de estar parado en la entrada 15 minuto con Daniela y su hermana Carolina, de 11 años, finalmente el guardia nos dejó entrar, supongo que por nuestra persistencia.

Fotografía: Daniela Muñoz Barroso
Fotografía: Daniela Muñoz Barroso

Adentro me sentí más tranquilo. Era un ambiente en el que estaba mejor, se respiraba respeto, solemnidad, dolor. Entre grito y grito, el silencio era aplastante y se podía ver a mucha gente llorando. Habían muchos estudiantes, pero también otros que como nosotros, habían inventado algo para entrar.

Al principio me sentí muy identificado, pero el acto se tornó muy oficialista. La Federación de Estudiantes Universitarios -FEU- rápidamente montó unos bafles y unos micrófonos y luego de cantar el himno (para mí fue la parte más emocionante) pasaron varios dirigentes de la FEU a dar pequeños discursos ya escritos, algunos muy buenos y emocionantes, y otros malos y trillados. Luego de escuchar a todo el que quiso hablar, las canciones de Silvio Rodríguez estremecieron a todos los presentes y de nuevo corrieron las lágrimas por mi rostro.

Yo estuve allí más de dos horas y vi como los estudiantes que sostuvieron las banderas bajo el sol durante todo aquel tiempo lloraban pero no abandonaron la Guardia de Honor.

Fotografía: Daniela Muñoz Barroso
Fotografía: Daniela Muñoz Barroso
Fotografía: Daniela Muñoz Barroso
Fotografía: Daniela Muñoz Barroso

 

Autoría y edición

Descendencia kaqchikel y afrodescendiente. Infancia en la cuna de una organización revolucionaria. Crecida dentro de la revolución cubana.

COMPARTE