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Texto: Pablo Rangel

Fotografía: http://wonkette.com/

Con la mente serena, después del vendaval de comentarios y opiniones sobre la elección de Donald Trump como presidente de los Estados Unidos, es necesario reflexionar sobre muchas cosas.  Quizá la más urgente de todas es pensar y al mismo tiempo poner la voz de alarma sobre la reconfiguración de una nueva era de racismo y fascismo político.

El siglo XX y las guerras marcaron a fuego y sangre la mente de la humanidad.  No ha habido una serie de eventos tan impactantes en tan poco tiempo que hayan tenido tal fuerza como para cristalizarse en el imaginario colectivo.  Le debemos mucho de estas construcciones a las imágenes de las dos grandes explosiones nucleares en Japón y al holocausto nazi, así como a los cruentos cuarenta años de guerra fría vividos en los países más pobres del mundo.  Todos estos recuerdos deben ser vistos como escarmientos para comprender que las ideas que dieron vida a las guerras no son para nada positivas.

Pero pareciera que todo esto se nos olvida y en lo cotidiano deliberada o involuntariamente dejamos de lado mucha de esta información. La historia pareciera que nos está sobrepasando y la estamos olvidando  Existen varias razones para esta situación.  En los países europeos y en Norteamérica, la generación que luchó en las últimas guerras ya ha muerto o está muriendo.  Muchos creemos que los más jóvenes asumen que es obvio que la guerra es mala y además, pensamos ingenuamente que la juventud sabe que hay discursos y actitudes impresentables, como el nazi fascismo. Desgraciadamente pasa lo contrario. El discurso de odio de Hitler y Mussolini se ha convertido en viejo pero confiable y además se ha vuelto de uso común. Obviamente ha existido una estrategia política internacional detrás de estos hechos.  Desde el año 2000 con la lucha montada por el gobierno de Estados Unidos y George Bush (Jr.) contra el terrorismo, el discurso del odio racial se ha avivado y surge a borbotones en los lugares menos esperados, especialmente en los medios de comunicación.  Si se pregunta a cualquier persona en las calles de Estados Unidos sobre si cree que los migrantes son la razón del mal en un país, se obtendrá con un alto porcentaje de seguridad, una respuesta positiva.  O por otro lado, si se pregunta en París o en América Latina a una persona en la calle si los grupos étnicos diferentes son dañinos para una sociedad, también se obtendrá un sí y además alguna explicación de las razones de estos males, casi todas justificadas en un discurso darwinista y de superioridad racial que el mismo Goebbels felizmente hubiera aprobado.

De la sobrevivencia del discurso del odio y del fascismo ya daba cuenta en el año 1995, el Doctor Tomás Calvo Buezas, en su libro “crece el racismo y también la solidaridad: los valores de los jóvenes en el siglo XXI”.  En este documento definía Buezas, junto a un grupo de estudiantes de su cátedra de migraciones en la Universidad Complutese de Madrid,  que el nuevo racismo y quizá el próximo holocausto, tocaba a la puerta, el turno correspondía a la situación desesperada de los migrantes internacionales y las políticas restrictivas y represivas que aplican los Estados.  Millones de personas procedentes de países pobres se mueven hacia los países desarrollados.  O para decirlo de otra forma, los habitantes de las colonias se movilizan hacia los centros coloniales, lugares donde la intuición y la historia les dice que están los recursos que les fueron expropiados durante largos siglos de expoliación.

Después del 11 de septiembre de 2001 el “neo racismo” (que todos vivan pero en sus países) recibió un espaldarazo y las autoridades norteamericanas declararon al nuevo enemigo civilizacional en el Islam.  En la ola de indignación, no se lograba ver que se estaba creando otro gran enemigo, mucho más amplio y que no tenía que ver con los atentados pero sí que se iba a convertir en un serio problema al momento de las crisis económicas que estaban por llegar a Estados Unidos y Europa, los migrantes y su capacidad de trabajo y organización.

Sabiendo todo esto, que además es vívido y sumamente real, al igual que son reales los aviones que cada semana están deportando cientos de migrantes guatemaltecos ilegales desde Estados Unidos, capturados durante el gobierno del demócrata Barack Obama. Pero sabiendo que un gobierno de extrema derecha va a generar grandes operativos de expulsión de las minorías y de los migrantes en general es bastante extraño que muchos de los electores de Donald Trump hayan sido precisamente miles de migrantes latinos. Según Trump, los latinos serán condicionados y quizá expulsados al momento de elegirlo.  El ahora presidente de los Estados Unidos, ha dicho sin dar reflejos de arrepentimiento o algún escrúpulo que va a construir un muro para que no pasen más mexicanos, (incluso ha dicho que todos los latinos son mexicanos, lo que evidencia una visión del Continente bastante corta). También ha ridiculizado a los latinos en numerosas ocasiones y en varios de sus discursos, es decir, Trump es francamente un racista con toda la carga de ignorancia y fanatismo que el calificativo representa.  Lo que sorprende de toda esta situación, y hay que remarcarla por contradictoria, es que trágicamente el voto latino para Trump fue amplio, incluso, el activismo a favor de Trump se vio sustentado por miles de latinos que se integraron a sus comandos de campaña.  ¿Chauvinismo o necesidad? Hasta ahora no se comprende pero existen posibilidades de que todo esto tenga que ver con la cultura heredada de siglos de colonialismo, religión y dictaduras militares en América Latina.

La humanidad no ha dejado de ser humanidad y mientras siga siendo así, las posibilidades de engañar, de manipular y de someter existen como copia en sepia de lo que Nicolás Maquiavelo vio y razonó en sus manuales pragmáticos en el siglo XVI.

Volvamos unos años atrás, a la historia política del siglo XX. Si observamos la forma en que varios dictadores de la extrema derecha han llegado a entronarse y contra todo pronóstico racional han sido electos “democráticamente”, encontramos que hay una relación estrecha entre pobreza, falta de educación, instituciones religiosas e instituciones militares. Posteriormente este bloque se convierte en caja de resonancia del discurso de la manipulación.  Pareciera que los argumentos con los cuales Hitler desbarató velozmente a la República de Weimar (1918-1933), siguen viviendo en nuestra memoria oculta.  Los nazis crearon un manual de política que no ha perdido validez. En su retórica el Führer explotó hábilmente las condiciones de pobreza de un porcentaje amplio de los alemanes y por otro lado  las condiciones humillantes y negativas del Tratado de Versalles, no obstante la clave de su éxito estuvo en saber despertar el sentimiento de indignación, es decir, dispersar y hacer creíble la idea de que “sin la democracia, sin los judíos, sin las minorías y haciendo la guerra estaremos mejor”.  Lo sorprendente es que el pueblo alemán creyó en estas falacias.  Si se observa como pasos de una estrategia de engaño, se puede ver que contiene al menos tres escenas: 1.- Estamos mal (lo que no se nombra no existe, así que si digo que estamos mal económicamente, lo estamos, si digo que estamos siendo humillados, lo estamos siendo, el primer paso es calificar en qué estamos mal) 2.- Encontrar responsables (culpar a alguien) y 3.- Elegir a quien es capaz de eliminar a los responsables y por tanto, erradicar el mal.

Estos discursos por obvios que nos parezcan y aunque creamos que ahora las instituciones democráticas se han fortalecido y modernizado para evitar que se repitan estas situaciones vemos que desde la lucha contra el terrorismo en 2001 se han fortalecido, ¿vamos de retroceso?

Donald Trump es el corolario de un gran grupo de figuras de la extrema derecha que se han ido empoderando desde inicios de la década de 2000, y un dato trágico, se dieron a conocer a través de programas de entretenimiento televisivo.  Observando la realidad desde la totalidad, podría pensarse que la campaña de inicios de siglo XXI de Estados Unidos y su cruzada contra el terrorismo internacional, ha dado frutos.  Empoderar a las fuerzas militares por un lado y después encasillar a toda la civilización occidental en un cristianismo fundamentalista, también ha dado resultado.  Los gobiernos y los Estados son reflejo de las relaciones sociales a su interno.  Ahora cobran sentido las imágenes de odio racial y de constantes tiroteos y asesinatos colectivos que se dan en Estados Unidos, lo triste del caso es que este país continúa siendo el que monopoliza el poder a nivel mundial y para América Latina, y Guatemala especialmente, es un país centro de nuestro crecimiento, somos dependientes en casi todos los aspectos.  Y si ahora nos odian ¿quién podrá defendernos?

Autoría y edición

Descendencia kaqchikel y afrodescendiente. Infancia en la cuna de una organización revolucionaria. Crecida dentro de la revolución cubana.

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