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Por: Jesús González Pazos, miembro de Mugarik Gabe

Caminando hacia la III Cumbre Continental de Comunicación Indígena del Abya Yala.

15 al 19 de Noviembre de 2016 Cochabamba – Bolivia

“La comunicación descolonizadora y transformadora, un instrumento de lucha de los pueblos del Abya Yala y del mundo”

 Es habitual leer en documentos de los últimos años sobre comunicación propia la definición de ésta como herramienta estratégica al servicio de los procesos de los pueblos indígenas. Pero, ¿qué quiere decir esto?, ¿de qué hablamos cuando afirmamos que la comunicación es una herramienta estratégica?, ¿en qué se traduce ese estar “al servicio de los procesos de los pueblos”?. Tratemos de avanzar en este necesario camino de clarificación y construcción del discurso político, porque solo con esto podremos realmente hacer crecer y desarrollar esa comunicación que planteamos.

En primer lugar habrá que fijar un acuerdo en cuanto a la definición de estrategia. Quizás aquella que señala a ésta como el conjunto de acciones que establecemos y que deben llevarnos a alcanzar un determinado fin u objetivo. Luego, en el caso que nos ocupa, la comunicación es esa herramienta, con todos sus elementos materiales, técnicos, reflexivos y simbólicos que nos ayuda en el camino, que nos permite pensar y repensar,  accionar y reflexionar, definir y redefinir para poder lograr el objetivo de aporte consciente y coherente a los procesos políticos de los pueblos indígenas. Entonces, afirmamos que la comunicación es ese espacio mediático, en su sentido más amplio, que fortalece a nuestros pueblos y la lucha de éstos por el reconocimiento y ejercicio de todos sus derechos.

Pero, podemos y debemos concretar un poco más en esa definición de herramienta estratégica para alcanzar el fin que perseguimos. Y es precisamente la concreción del fin lo que puede aportar mayor claridad para entender mejor el hecho de herramienta estratégica. Veamos si es posible dar nuevos pasos en este camino.

A veces el establecer frases emblemáticas, puede ser altisonante y pretencioso si éstas están vacías de contenido. Pero en otros momentos, cuando tenemos claro el marco y las pautas con las que queremos avanzar, frases de ese tipo nos ayudan por la referencialidad que las mismas suponen. La frase titular de este texto es posiblemente un buen ejemplo en este sentido. Como decíamos al principio, una cantidad importante de documentos de comunicación, pero también de declaraciones orales o escritas, de cumbres y encuentros, de reuniones y seminarios, recogen desde hace un par de décadas ya esta máxima, la cual casi podríamos denominar como “frase fetiche”. Y esto por entenderla como referencial del tipo y fines que establecemos para la comunicación propia en los procesos políticos, sociales y culturales de los pueblos indígenas.

Pues bien, para poder avanzar, para hacer real ese paso nuevo que nos clarifique el camino que decimos seguir tomaremos en cuenta los objetivos que guían y dan sentido al accionar de las organizaciones indígenas del continente, para sintetizar el objetivo de la construcción de una comunicación propia como: “reconstruir pueblo, construir hegemonía”. Vayamos entonces por partes.

“Reconstruir pueblo”

Los pueblos indígenas del continente americano han sufrido 300 años de proceso colonial europeo y los posteriores 200 de colonia interna. Éstos últimos referidos a los más recientes, aquellos que se abren con las sucesivas proclamaciones de independencia de las nuevas repúblicas, en los primeros años del siglo XIX. Periodo histórico que solo muy recientemente ha entrado en una nueva y necesaria fase de cuestionamiento profundo, tanto en su vertiente intelectual como en la política. Hoy se reconoce que las independencias en gran media y dicho de forma breve pero diáfana solo supusieron el cambio de unas élites gobernantes por otras (criollas por blancas), pero nunca se cuestionó en sus pilares fundamentales el sistema político ni le económico y mucho menos el social y cultural. Todo ello tuvo como consecuencia que el proceso de dominación de una minoría sobre las grandes mayorías, pueblos indígenas incluidos, persistiera en el tiempo.

Todo proceso colonial se traduce en sumario de dominación y explotación de la población local y de expolio de los recursos naturales, generalmente materias primas, que salen masivamente hacia la metrópoli respectiva incidiendo sobre manera en el desarrollo de ésta. Respecto a esto se ha escrito mucho. Pero también el colonialismo, encierra otros recorridos y consecuencias, generalmente más ocultos, más invisibles, y sobre los que se discute menos, pero con impactos de calado profundo en los pueblos dominados. Nos referimos a los procesos impuestos de aculturación permanente, directamente enlazados con el racismo y xenofobia que los primeros evidencian. Así, el dominio no solo se produce en los campos de lo político y lo económico, sino también y con mayor penetración en el campo social y cultural. Al fin y al cabo, los primeros, en la práctica totalidad del continente se sacudieron, en cierta medida, con los procesos de rebelión y las sucesivas independencias. Sin embargo, el colonialismo cultural es mucho más difícil de identificar y sacudir. Es aquel que nos hace entendernos como inferiores y, por lo tanto, aquel que nos hace ver todo “lo nuestro” como de menor rango que aquello otro que proviene del dominador. Desde ese momento, los procesos de pérdida de elementos culturales relevantes, de la forma de vernos a nosotros mismos y de explicarnos el mundo que nos rodea, en el que nos desarrollamos como personas y como pueblo, es una constante. Y ese colonialismo cultural no solo supone esa pérdida de referentes propios, sino la asunción a ciegas de los que nos imponen. Así, vamos asumiendo e interiorizando los valores y presupuestos de los otros y les percibimos como superiores y una aspiración a alcanzar para poder ocupar un espacio en la nueva sociedad dominante. Es fácil entonces derivar de este estado de tensión permanente y continua en el tiempo la interiorización de esa imposición como algo natural. Así, querremos asemejarnos al dominador, en el espejismo que de esta manera tendremos siquiera una pequeña parte de ese poder ahora establecido. Esto último, especialmente en los procesos coloniales, lo podemos visibilizar con evidente claridad en las élites locales que se colocan rápidamente al lado del nuevo poder, pero también en las demás clases sociales que van integrando esos sistemas valores y explicaciones del mundo. Aquí ubicamos el individualismo,  consumismo, etc. como principios fundamentales que asumimos e integramos. Y otra de las derivadas específicas de esta asunción, que aprovechamos ahora para significar por su importancia, es el abandono de principios como el de la reciprocidad y complementariedad por el del “poder sobre” que, por ejemplo, en el caso de las desigualdades preexistentes entre hombres y mujeres se suma esta variante colonial y se traduce a menudo en el incremento de nefastas consecuencias de dominación sobre la vida de las mujeres que a su subordinación por clase y etnia suman ahora la subordinación a los hombres, incluso dentro de su propia familia, comunidad u organización.

Pues bien, en este amplio marco la comunicación propia puede y debe tener un papel importante (estratégico) y de responsabilidad en esa reconstrucción de la identidad que, además, contribuya efectivamente a la no reproducción de cualquier forma de dominación de unas personas sobre otras. Así, los procesos de este tipo nos deben de permitir la recuperación de rasgos o elementos culturales encaminados a perderse en breve si no se actúa con determinación. Ayuda a dejar constancia de esos elementos, no solo en grabaciones de todo tipo, sino en las investigaciones y estudios previos que estos productos comunicativos finales requieren. Y por eso, estos últimos también facilitarán el empoderamiento de quienes tomamos parte de la comunicación propia, así como de las mismas comunidades con las que se desarrolla el trabajo comunicativo y reflexivo que éste propicia. Recuperamos, desechamos, actualizamos los elementos que definen nuestra cultura, nuestra realidad, pero ahora con libertad para ello y no por imposición externa. Y todo ello será determinante en el fortalecimiento de los procesos de identidad como pueblos indígenas.

Pero, hay un matiz más, también esencial y necesario de señalar como alarma permanente que debemos tener muy presente. La comunicación propia no solo aportará en esa reconstrucción de pueblo, sino que debe de limitar algunas de las consecuencias más negativas que, a veces, estos procesos de recuperación de la identidad, pueden traer consigo. Nos referimos a las ideas y planteamientos más fundamentalistas y/o esencialistas que en demasiadas ocasiones aparecen como reacción política y social. El riesgo de ponderar en demasía nuestra identidad sobre las circundantes, como respuesta a los siglos de dominación, está a veces demasiado presente y es necesario generar consciencia de ello para que no prostituyan esa labor de recuperación y redefinición de la identidad, ya sea ésta personal o colectiva. Y la comunicación, por una parte con su enorme trabajo de análisis y reflexión continua, y por otra por su transmisión de valores, debe de aportar de forma determinante en el combate a cualquier planteamiento fundamentalista y/o xenófobo que pudiera surgir en estos procesos.

 “Construir hegemonía”

Esta segunda parte del fin al que desde la comunicación se pretende aportar, en ese caminar que es la estrategia que planteamos en los procesos comunicacionales propios, no se puede entender en una escala de prioridades, sino de forma total y absolutamente complementaria con lo anteriormente desarrollado. De alguna forma, y aunque con mucho cuidado para no caer en encasillamientos extremos, podríamos decir que si “reconstruir pueblo” es la parte cultural y social, en su sentido más amplio (mucho más allá de la simple folklorización), “construir hegemonía” sería la cara de este trabajo más específicamente política. Aunque insistimos que si bien ya hemos dicho que no pueden explicarse en escala de prioridad, tampoco en otra de independencia de partes. Al contrario, la complementariedad anteriormente establecida permite entender que una parte sin la otra no es viable y, si ésta no se establece, estaríamos repitiendo muchos de los errores que se han cometido en anteriores procesos de transformación, que fijaron su importancia en cambiar determinadas estructuras sin transformar a quienes deben de realizar esos cambios. Dicho de otro modo, cambiar estructuras, pese a su enorme importancia, sin alterar las superestructuras no es sino garantía de repetición de los errores y, posiblemente, el sistema nunca será alterado en la radicalidad que se requiere. Ejemplo de esto que apuntamos lo podemos encontrar, en gran medida, en lo que se convirtió el proceso subsiguiente a la revolución de 1917 en Rusia.

Mantendremos entonces permanentemente la mirada puesta en esas transformaciones profundas que hemos señalado anteriormente, pero nos fijaremos ahora en el accionar más político y en la construcción de ideología y de hegemonía.

Podríamos definir la hegemonía como el proceso que pretende, de forma especial, avanzar en los campos cultural y simbólico para que la mayoría social se identifique con la lectura de los hechos (políticos, sociales, económicos) que proponemos. Complementariamente, y en sentido gramsciano, se trabajará por construir alianzas que permitan ampliar la base social de nuestras propuestas y, en este caso, desde la dirección política de los pueblos indígenas junto con otros movimientos sociales (campesinos, afros, feministas, vecinales…).

Si, una vez más acudimos a ejemplos que nos permitan entender mejor lo que apuntamos, podemos traer ahora el hecho de la globalización como paradigma de hegemonía. Evidentemente, la contraria a la que pretendemos y que por eso enfrentamos. La globalización neoliberal hace que percibamos y aceptemos el capitalismo y el dominio hoy de los mercados como la única opción posible. A través de este proceso hegemónico, interiorizamos sus valores, explicaciones y normas no solo de lo social, económico y político, sino también de lo cultural y simbólico, y lo entendemos todo ello como la única verdad. El gran éxito (hegemonía) de la globalización neoliberal capitalista reside en el hecho de que supone la asunción de la ideología de la minoría dominante por parte de la mayoría, aceptando plenamente las referencias fundamentales por las que se rige la sociedad.

Así, desde la claridad de las propuestas políticas e ideológicas de los pueblos indígenas (Buen Vivir, colectividad/comunidad, democracia participativa, visión del territorio y derechos de la Madre Tierra, plurinacionalidad, economía comunitaria…), la comunicación es una herramienta estratégica también para alcanzar ese fin de construcción de hegemonía, de establecimiento de alianzas con otros sectores (que conocen y reconocen las propuestas indígenas a través de la comunicación) para poder lograr el objetivo último que no es sino el reconocimiento, y especialmente, el ejercicio verdadero de todos los derechos políticos, sociales, económicos y culturales que nos pertenecen, en igualdad con los otros pueblos, y para la construcción de sociedades diversas y justas.

La comunicación nos permite reflexionar también sobre esto, nos ayuda a analizar e identificar aciertos y errores en nuestras propuestas y nos permite establecer los caminos y alianzas que nos facilitarán su realización plena. Por eso mismo, el aporte destacable de la comunicación como herramienta estratégica es que se convierte en un elemento de “hacer teoría, pero también hacer práctica de la teoría”. Y así es como avanzamos por caminos más diáfanos.

 Descolonizar y despatriarcalizar el pensamiento y la acción

Y todo lo anterior, esas dos partes de un mismo fin que hemos tratado de describir hasta aquí como partes esenciales de la herramienta estratégica que es la comunicación propia, estará transversalizado por los procesos de descolonización y despatriarcalización o no será lo que pretendemos. Es tentador colocar estos ejes en la parte de la identidad, en la de reconstrucción de pueblo pero, aun reconociendo esa posibilidad, afirmamos que si no descolonizamos y despatriarcalizamos nuestro pensamiento y acción, será imposible poder construir esos nuevos proyectos políticos y sociales que proclamamos como urgentes por su justicia para las grandes mayorías. Para construir hegemonía tenemos que saber quiénes somos y qué pretendemos, luego, profundizar sin fundamentalismos en la descolonización y despatriarcalización nos permitirá construir verdaderas propuestas de igualdad, equidad y justicia social y las alianzas consiguientes con otros sectores y organizaciones del movimiento social. Bases que deben de ser de esas sociedades que como pueblos ansiamos. Y la comunicación, desde estos postulados se constituye en evidente herramienta estratégica en este proceso que nos permitirá asegurar que esa transversalización esté presente y rija una y otra parte de los fines que pretendemos y que hemos tratado en este texto de explicitar, respondiendo a la preguntas que hacíamos en su inicio. Todo ello en ese afán por contribuir a la construcción colectiva del discurso y la práctica política de la comunicación propia de los pueblos indígenas, para ellos mismos, pero también para la totalidad de las sociedades del continente que es Abya Yala.

 

 

Autoría y edición

Descendencia kaqchikel y afrodescendiente. Infancia en la cuna de una organización revolucionaria. Crecida dentro de la revolución cubana.

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