20 años, una premonición, una sentencia y una paz que no fue

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Créditos: firma-paz

Texto: Juan Calles.

Fotografías: 360ºRicardo Ramírez Arriola.

Eran los últimos meses de 1996, una extraña emoción se sentía en el ambiente, en las calles se sentía la víspera de una fiesta, de una celebración grande, en el parque central se armaban tarimas, se colocaban ornamentos que hacían referencia al final de la guerra. Escuché preguntar a uno de los ancianos que solían pasar las tardes en el parque, si los guerrilleros llegarían uniformados para verlos pasar. Otro le contestó que no ya habían entregado las armas y los uniformes; “Aquí todos vamos a ser guerrilleros” dijo otro que se asoleaba más lejano al grupo, todos lo voltearon a ver como reclamando el sinsentido.

Hacía frío, era una típica tarde de noviembre, los ancianos comentaban lo que esperaban de la nueva situación, de la paz, todos coincidían en que habría trabajo y libertad para decir lo que pensaban sin esperar que por eso los mataran; pero hubo uno que mientras encendía un cigarro dijo entrecerrando los ojos por el humo, “nada va a cambiar, a los ricos no les conviene y ellos son los que han mandado, los que mandan y los que mandarán, esa firmita no va a cambiar nadita de nada”. Sentí un nudo en el estómago, la premonición me asustó.

Yo era estudiante de periodismo involucrado en el movimiento estudiantil desde mi primer día en la Universidad, la firma de la paz para mí era necesaria y creí que era la posibilidad de entrar al sistema y tratar de cambiarlo; ingenuo de mi, el augurio del anciano me cayó como patada en la espinilla, porque de alguna forma sabía que era cierto, pero me negaba a aceptarlo. Hoy veinte años después, paso todas las semanas por el parque esperando encontrarme con él o con su fantasma para darle la mano, verlo a los ojos y decirle que tenía razón.

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Este diciembre se cumplen 20 años de la firma de la paz; un proceso anquilosado que poco o nada ha logrado en lo político, en lo social, en lo económico, en lo cultural. Los gobernantes de turno han ninguneado el proceso de paz, la guerrilla pauperizada, convertida en partido político (en su mínima expresión), incapaces de articular caudal electoral. El proceso democrático iniciado en 1986 se cae a pedazos entre corrupción y violencia. El sistema político superado por la cultura del chanchuyo y la marrullería. Hoy más que hace veinte años, más que hace 56 años, se hace necesaria la reforma del Estado.

Durante las protestas sabatinas del 2015 se planteaba dicha reforma, se planteaba la urgente necesidad de reformar el sistema electoral y de partidos políticos como una base para logar la reforma del Estado, sin embargo, las protestas y la propuesta de reformar el sistema electoral careció de sustento organizacional y programático. En otras palabras todo formaba parte de un engendro sin pies ni cabeza, sobre todo sin cabeza.

Un mes después de hablar con los ancianos del parque, llegamos al mismo lugar pero esta vez atiborrado de gente que celebraba la firma de la paz; una incongruente banda de rock tocaba una rola que llamaba a un alto al fuego, el signo de interrogación era evidente en los músicos que se esforzaban por levantar el ánimo de la fiesta. Vi a muchos estudiantes universitarios llorar porque no querían la firma de la paz, muchos aseguraban que la guerrilla había traicionado al movimiento revolucionario y sus mártires. Vi a muchas personas con playeras que tenían las siglas de la guerrilla, con boinas negras en la cabeza, borrachos celebrando quien sabe que. Me vi a mi mismo esperando iniciar un nuevo proceso de cambio que nunca llegó.

20 años y un país en ruinas

Dos décadas después de la firma de la paz el parque central luce calcinado por un caliente sol de septiembre, algunos turistas hacen fotos, hombres y mujeres ofrecen sexo por poco dinero, niños lustradores juegan fútbol para olvidar la tristeza, dos perros callejeros husmean entre la basura y pelean por una bolsa llena de huesos de pollo; un predicador grita evangelios a una multitud invisible. Como dijo el anciano hace veinte años, nada ha cambiado.

Mientras esa vida transcurre lenta y acalorada, en el patio de la paz, en el interior del Palacio Nacional de Cultura el actual presidente de Guatemala, el comediante Jimmy Morales juramenta a los nuevos integrantes del Consejo Nacional para el Cumplimiento de los Acuerdos de Paz -CNAP-; nombra a gobernadores como embajadores de la paz y acompaña el cambio de la Rosa de la Paz con el embajador de Colombia en Guatemala. Hay arreglos de flores, trajes caros, edecanes y aire fresco.

No tengo que decir que este es un gobierno torpe y débil en todo aspecto de su administración, sin embargo, esperaba que transcurridos veinte años y conociendo lo que anteriores administraciones gubernamentales hicieron con los acuerdos de paz, este gobierno utilizaría la proclamación del nuevo CNAP para tener un respiro y quizá dar un timonazo a su fallida administración. Pero no fue así.

Durante el acto protocolario el Presidente de la República admitió que veinte años después de la firma de los Acuerdos de Paz, no existe cultura de paz, además de reconocer que no hay una verdadera paz en Guatemala ¿Sabrá que presidente que significa la paz? La paz que necesita Guatemala para desarrollarse como sociedad justa, equitativa y con movilidad social no se consigue con actos protocolarios mal organizados.

Durante la presentación del nuevo directorio de la CNAP no se mencionaron sus nombres ni a quien representan; se nombraron a los gobernadores como embajadores de la paz pero sin explicar en qué consiste dicho nombramiento; llamó la atención la ausencia de los presidentes de los otros poderes del Estado, el presidente del Congreso de la República se hizo representar por el tercer vicepresidente; toda una ofensa.

Al tomar la palabra el presidente reclama a los medios de comunicación el trato que le dan, las críticas que sufre su administración, y descompuesto grita y somata las vocales, demasiado evidente su actuación, demasiado evidente su histrionismo y su mal manejo de la situación. Al final baila con representantes de la etnia garífuna en un triste y vergonzoso acto de folklorización de las culturas ancestrales. Un estadista no hace mofa de si mismo.

Si se puede rescatar algo de este acto protocolario, haciendo mucho esfuerzo, podemos decir que el presidente de la república y la secretaria de la paz, Dra. Lourdes Xitumul Piox anunciaron un nuevo cronograma de cumplimiento 2017 – 2026, esperando que tenga sustento logístico y presupuestario para realizarse, se presentará el próximo 29 de diciembre durante las celebraciones del 20 aniversario de la firma de la paz.

Afuera el predicador habla de la paz de un ser supraterrenal, el lustrador le pide a un solventero que lo deje en paz, que no le quite sus monedas, una pareja de jóvenes esposos que se prostituyen se juran mutuamente que a partir de hoy vivirán en paz, que ya no pelearán por tonterías, el presidente de los guatemaltecos baila moviendo la cadera, ya no piensa en la paz.

Yo salgo de allí sintiendo en la boca una sensación extraña, parece que hubiera tenido la boca llena de monedas durante todo el acto protocolario, veo hacia el parque buscando con la vista al anciano, seguramente ya no llega al parque, pero tengo muchas ganas de escucharlo hablar de nuevo, ¿qué nueva premonición me daría? Me veo las manos, arrugadas, viejas, cansadas, el anciano ahora soy yo, me toca dar mi vaticinio. Pero me resisto a ser tan pesimista, no encuentro las palabras para decirlo, las palabras se me vuelven petróleo, líquido inflamable en las manos. Veo el túnel, pero no veo luz al final.

Hace veinte años era joven, ingenuo, y estaba en esta misma plaza celebrando la firma de los acuerdos de paz, hoy, no hay nada que celebrar, y odio ser pesimista. Pero debo decir que nada va a cambiar sino lo cambiamos nosotros. volteo a ver y estoy solo ¿Nosotros?

Autoría y edición

Periodista

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