Los hombres y la violencia contra las mujeres.

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Créditos: cruces

Por: Pablo Rangel

Hoy que es el día de la eliminación de todas las formas de violencia contra la mujer, se puede ver la fuerte denuncia que hacen las mujeres a la realidad de acoso, violencia, terror, agresividad y muerte que sufren día a día. La manera en que funciona esta construcción cultural injusta y discriminatoria nos convierte en victimarios, muchas veces por omisión o por acción, a veces por ignorantes o porque aprendimos a cometer estos crímenes y silenciarlos para que no “pase nada”. Es alegre ver ahora a tantos hombres que se solidarizan con las mujeres y muestran su apoyo a la celebración. Está bien manifestarlo, aunque con este hecho lo que se soluciona es poco, quizá se les reconozca la actitud y apoyo, pero, esto no garantiza nada positivo.

Pedir que las leyes se apliquen puede ser que funcione y es la apuesta que las organizaciones hacen ahora. Hay que entrarle pues no hay más herramientas para frenar la misoginia cultural que está matando cada vez más y más mujeres.

Me gustaría cuestionar a mis congéneres hombres si se han preguntado, más allá del día y la celebración ¿qué puedo hacer para empezar a revertir esta situación? Creo que muchos se han preguntado lo mismo, pero por desgracia surgen soluciones que no ayudan en mucho, pues reproducen el esquema violento en su expresión, tal es el caso del joven que dice, “yo apoyo a las mujeres contra el acoso y al que vea acosando a una mujer en la calle le voy a reventar la trompa para que aprenda”.

O la versión de violencia solapada pero trágica porque deshumaniza “las mujeres son todas unas santas y hay que respetarlas, no se les toca ni con el pétalo de una rosa, porque yo salí de una mujer y mi mamá es virgen”. Y cuando una mujer no encaja en su esquema petrificado de la santidad, no merece menos que ser despreciada. En otras palabras, las mujeres, en la mente de muchos orbitan en los extremos, o “Santa o Puta.” El tema aquí es cómo humanizarnos, vernos en particular, como seres con derechos humanos e historias personales, como personas que cometemos errores y también tenemos nuestros aciertos.

Y en este caso ¿seremos capaces de ver a la “otra” en estos términos? o ¿siempre estaremos viendo a través de los anteojos de la división hombre y mujer? es decir, los hombres debemos hacer esto y esto, y las mujeres deben hacer esto y aquello. Aparte de esta estructura de las relaciones hombre mujer, también hay un agravante, con respecto a nuestra identidad masculina. Si a las mujeres nos enseñaron a verlas en la dualidad “Santa o Puta”; a nosotros también nos enseñaron a vernos en varias dualidades, por ejemplo con los impulsos sexuales, nos vemos en la dualidad Sucio, degenerado, animal o, sublimándolos nos veremos como limpios, santos y angelicales.

Y la gran duda que surge en esto es ¿Con quién va a mantener relaciones sexuales el sucio, degenerado y animal, el que mata y viola? Porque el santo y angelical es asexuado. Los casos de las dualidades masculinas son abundantes.

Sin embargo, hay en medio de todo esto una tabla de salvación, que es recuperar nuestra autoestima, deconstruir la cultura que tenemos soldada en la memoria, recuperar la “ternura” y aprender a darnos amor.

Pero como sabrán ustedes, para esto es necesario tener mucha valentía y además estar dispuesto a luchar contra los agentes culturales que encarnan en nuestros amigos, amigas, papás, hermanos, hermanas, colegas, curas, monjas, esposas, primos, profesores entre otros; quienes al vernos pensando y actuando en otra tesitura inmediatamente nos van a preguntar y a recriminar porque actuamos como cobardes. Así que mis estimados amigos hombres, llegó la hora de la verdad, no nos vayamos a morir llevando toda esta basura

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