Los que no entienden son los otros

Fotografía: ahoradigital.net

Por: Miguel Ángel Sandoval

Los últimos días han visto en el medio guatemalteco que opina o despotrica en las redes sociales, un debate disperso y hay voces que dicen que los temas, algunos de ellos, son solo una especie de cortina de humo para tapar lo principal. Es una visión que tiene visos de verdad pero no de toda. Pero la incógnita es la siguiente: cuál es el tema principal?

Si hacemos un listado de los temas debatidos o mencionados en las redes y en algunos medios de comunicación, vemos que la lucha anticorrupción puede ser el principal. Luego hay otros que pueden tener por derecho propio un espacio en las preocupaciones nacionales. El rol del Congreso, la incompetencia presidencial, la violencia desatada en las calles, la refundación de los partidos políticos, la urgencia de depurar el Organismo Judicial, las extradiciones que vienen, la crisis económica, la falta de empleo, las consultas comunitarias,  o de manera reciente el racismo.

Un amplio menú en las opiniones que se expresan. Quizás todas tengan la misma importancia y acaso el problema central sea que en nuestro país todo urge. Tan jodidos estamos que los problemas se acumulan y que cada uno de ellos demanda soluciones desde hace años, y que estamos llegando a un punto de no retorno en cada uno de ellos.

Me parece que el tema del racismo tiene todas las características de ser uno de los temas estrella en el debate nacional. Todo por no haber discutido el tema en el siglo anterior o, mejor dicho, anteriores. Con esto quiero subrayar que se trata de un problema real y estructural de la sociedad guatemalteca. Lo hemos visto surgir con virulencia en diferentes coyunturas en los últimos años. Rápidamente recuerdo la consulta popular sobre las reformas constitucionales en el año 99.

En esa ocasión el discurso dominante fue que el país se enfrentaba casi a una especie de disolución pues si se daban derechos a los indígenas íbamos hacia la pulverización. El ejemplo de la ex Yugoslavia fue muy socorrido en esos días. Se invocaron las guerras étnicas o religiosas de esa nación partida en varias. Solo dar una ojeada a los periódicos de la época para darse cuenta del odio racista desplegado. Por ignorancia agrego.

En otra ocasión fue una polvazón que levantó el jefe de La Misión de Verificación de las Naciones Unidas en Guatemala (Minugua) en nuestro país. Gerd Merren era su nombre, quien afirmó que Guatemala era el país que más se parecía con la Sudáfrica del Apartheid, solo que de manera esquiva, hipócrita, pues no existía en leyes pero se practicaba igual. El grito fue contra los extranjeros indeseables como ahora vemos en las diatribas que hace el delincuente Sinibaldi contra los extranjeros muertos de hambre.

Y hace apenas unos meses, vimos de nuevo los viejos fantasmas con la discusión del derecho indígena y si el mismo se incorporaba a la constitución por la vía del artículo 203. Fue necesaria la intervención de las autoridades indígenas ancestrales que salieron al quite para rechazar la campaña racista que se había desatado. Con una muestra de autoridad y altura, calmaron las aguas que se agitaban con la batuta de algunos diputados vulgarmente racistas. De nuevo ahí están los medios de comunicación si alguien tiene  dudas.

Negarlo es parte del problema. De acuerdo con esta idea, en nuestro país nadie es racista. Y por ello es común escuchar frases como “yo no soy racista” y luego escuchar las joyas del pensamiento racista, “los racistas son los otros” o la nueva tendencia de invoca un racismo al revés, que resume  la idea de que los racistas son los otros, como aquella vieja sentencia de que el infierno son los otros.

Finalmente la discusión a ratos simpática sobre la María chula que vio a racistas consumados invocar el diccionario de la RAE para negar cualquier viso de racismo en el origen de la discusión, y a gente que seguramente deben estar meditando su inicial reacción de negar cualquier asomo de racismo en la inocente denominación de un motivo indígena con una expresión de mercado chapín de las señoras racistas al dirigirse a las vendedoras indígenas ¿o ya nos olvidamos de la expresión “que vendés María” que se conoce desde los juegos infantiles jugando al mercadito? O la frase que la complementa, ¿“a como los tomates chula”?

Invocar como hace algún comentarista que su hija se llama María, a la que algunas veces le dice chula para negar el racismo en la expresión de marras es sumamente complejo pues solo nos indica de la profundidad –ideológica, cultural y psicológica- que tiene el fenómeno que se quiere negar. O pretender que todo se debe a la influencia del pensamiento católico con la Virgen María como autora del nombre que por devoción o por costumbre se les da a los hijos, y que por lo tanto en la frase invocada no hay racismo, en verdad resulta muy pobre como argumento.

Quizás valga la pena mencionar como una ayuda a la reflexión, que en México, tan cercano y tan lejano de nosotros, “las Marías” son las indigentes que piden limosna en las calles y avenidas de la ciudad de los palacios como otrora se le conocía. Olvidaba decir que todas las Marías indigentes son indígenas. Por supuesto que las miles de mujeres, de Marías, que piden limosna se suman a las miles de Marías que son mucamas o maids en las casas de familia, y que es corriente que una señora le pida a otra ayuda para encontrar una María que le trabaje en su casa.

Pero bueno, eso ocurre en México en donde las Marías, que piden limosna y no por huevonas sino por el desempleo, la exclusión, la marginación,  son la expresión más acabada del racismo mexicano, lo cual no ocurre en nuestro país con las Marías chulas. Ni modo, es que los mexicanos son los racistas. A nosotros que nos registren.

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